Murcia.
Héctor.
Eran las tres de la mañana de cualquier día de septiembre. Su pulso descendía cada noche a partir de las doce y media, como un reloj. “Se muere, sé que se muere. Su rostro ya no es el mismo y yo no puedo hacer nada.” A los pies de la cama se encuentra su madre, que lo acaricia cada vez que Héctor deja de respirar. “Cuando lo toco se calma –dice ella en voz baja.” Héctor tiene veintidós años y metástasis pulmonar. Le diagnosticaron cáncer hace poco más de siete meses, su hermana, de dieciocho años, apenas habla desde entonces. Conocí a Héctor hace dos semanas, cuando me dijeron que le pusiera su última dosis de quimioterapia. Es moreno, alto y bastante delgado, sin embargo, aun se podía observar el cuerpo atlético de un amante de la escalada. “Mi madre no lo entiende, es como si no quisiera aceptarlo. Cuando me dijeron que tenía cáncer fui yo quien se vino abajo, mis padres fueron entonces los que me levantaban una y otra vez evitando que me consumiera en mí mismo. Antes de tiempo, supongo. Al cabo de tres meses, el médico nos explicó que el tumor estaba demasiado extendido. Desde ese momento empecé a morir a los ojos de todos, me miraban como algo a lo que pronto no podrían mirar. Mi novia fue la única que conseguía mantenerme en pie, ella nunca da nada por perdido, ¿sabes?
Ojalá pudiera tener una sola conversación con todos aquellos a los que quiero sin que pensasen en todo momento que es una despedida. Les diría que viviesen cada segundo lo más intensamente posible, que lo viviesen por mí. Les diría que no sintieran miedo, ni vergüenza, ni tristeza. Les diría que la soledad será lo único que nunca les abandonará, y que gracias a eso, y solo a eso, podrán llegar a conocerse algún día. Ser conscientes de cada fragancia, de cada nota musical. En estos últimos meses solo siento haber podido comprobar que nadie a mí alrededor valora la vida, no al menos como si pudiera acabarse en cualquier momento, y de eso se trata. Algunos conocemos nuestra fecha de caducidad, la gran mayoría sin embargo piensa que vivirá eternamente solo por el hecho de no querer mirar su etiqueta.
Yo he conocido el amor y he tenido a los mejores padres, a la mejor hermana, valoro incluso el más ínfimo de los detalles y ha sido gracias a esto. Hay personas que nunca llegan a tener nada de lo que yo hoy, soy consciente de tener. ¿Entiendes lo que te digo? Saber que vas a morir te hace vivir a cada instante. Eso es vida, y desgraciadamente, es un don del que solo son dueños aquellos que pronto dejaran de tenerla.”
Héctor falleció tres meses después. Esta carta fue entregada a sus padres, a su hermana y su familia. En el reverso, había escrito una nota para éstos: “En el cajón de mi escritorio hay un cuaderno con textos dirigidos a cada uno de vosotros. Si con ello consigo que viváis un solo minuto de vuestras vidas tan intensamente como yo he vivido estos últimos meses, habréis conseguido que una parte de mi viva eternamente. Atentamente, Héctor.”
Por Mónica Gae.
Ilustración: Paula Jiménez Bueno.
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