Murcia.
Las luces de aquel pasillo siempre parpadean a partir de las doce de la noche. Los sonidos de las habitaciones contiguas rara vez le dejaban dormir y a veces perdía incluso la noción del tiempo. Sin embargo, encerrado en la penumbra de aquellas cuatro paredes, sonríe al hablar de ella. “Sus ojos eran infinitos, te lo aseguro. Podía pasarme un día entero mirándola fijamente y jurar, que después de cada pestañeo encontraba un nuevo matiz en ellos. Si te hablo de su boca, podría retenerte eternamente. Tenía los labios más carnosos que jamás he visto, que jamás he besado. Aun no se qué demonios se le paso por la cabeza para casarse conmigo. El día que le pedí matrimonio, recuerdo que llovía a cantaros, y yo, que no me había llevado paraguas, estuve parado en el portal de su casa tres horas y media. Paralizado. Diez años después nació Elisabeth. Y ese mismo día, Paula falleció sobre mis brazos. Eli tiene sus ojos y sus labios. Aun hay días que se queda dormida y la miro pensando si Paula nos estará viendo. Yo creo que si ¿sabes? Esas cosas se presienten. Es como cuando estas completamente seguro de algo, pero no tienes ni idea del por qué. No puedes explicarlo ni demostrarlo pero de algún modo, pondrías tu corazón en juego. Yo aposte el mío cuando la vi por primera vez, a los trece años. Y aunque ya no pueda decírselo, lo seguiría apostando una y otra vez, con los ojos cerrados. No cambiaria ni un solo segundo de nuestra partida, con sus momentos buenos, sus quiebras y sus bancarrotas. Ni uno solo.” Su nombre es Antón, diagnosticado de cáncer hepático hace tres meses. El brillo de sus ojos era indescriptible –lo siento, lectores.
La esperanza no se puede expresar con palabras, pero espero que estas palabras le ayuden a encontrar la esperanza.
Por Mónica Gae.
Ilustración: Paula Jiménez Bueno.
INICIAR SESIÓN